viernes, 16 de abril de 2010

Convención 2010 de los Caballeros de Colón.

Programa Convención 2010 Caballeros de Colón México

Viernes 30 de Abril de 2010
Hora Actividad Lugar
18:00 - 21:00 Registro de Participantes Fiesta Americana
18:30 Misa de manteo para damas isabelinas Sagrario Metropolitano
Sabado 1o. de Mayo de 2010
Hora Actividad Lugar
08:00 Registro de Participantes Fiesta Americana
08:00 Traslado del Santísimo 4º. Grado Parroquia Perpetuo Socorro y San José - Fiesta Americana
09:00 Adoración (Permanente) Capilla Fiesta Americana
09:00 Iniciación de Damas Fiesta Americana
10:00 Reuniones de Trabajo de Damas Fiesta Americana
12:30 Conferencia para jóvenes Fiesta Americana
12:00 Cuarto Grado
Fiesta Americana
14:00 Ofrenda Floral 4º. Grado Monumento Cristóbal Colón
14:00 Comida Libre

Traslado en autobuses Fiesta Americana - Antigua Basílica de Guadalupe
18:00 Misa de Invocación al Espíritu Santo
Antigua Basílica de Guadalupe
19:30 Ceremonia de Apertura Antigua Basílica de Guadalupe
21:00 Fiesta rompe hielos Atrio de las Américas en Basílica
24:00 Traslado en autobuses Antigua Basílica de Guadalupe - Fiesta Americana
Domingo 2 de Mayo de 2010
Hora Actividad Lugar
08:00 Registro de Participantes Fiesta Americana
08:00 Desayuno libre
09:00 – 15:00 Convención de los cuatro Consejos de Estado Fiesta Americana
09:00 – 14:00 Adoración Continua Fiesta Americana
10:00 Paseo turístico para Esposas e hijos
14:00 Comida Libre
16:30 Conferencia Magistral * Fiesta Americana
18:00 Traslado en autobuses Fiesta Americana - Catedral Metropolitana
19:00 Misa Memorial
Catedral Metropolitana
20:00 Traslado en autobuses Catedral Metropolitana - Fiesta Americana
21:00 Cena de Clausura Fiesta Americana


Bienvenida Convención 2010.


A los Funcionarios de los Consejos de Estado México Noreste, Noroeste, Centro y Sur
A los Diputados de Distrito
A los Dignos Grandes Caballeros
A las Damas Isabelinas
A toda la familia Colombina en general


De parte del Comité Organizador de la Convención 2010, reciban un fraternal saludo y que Dios nuestro Señor nos acompañe en nuestras actividades de familia, trabajo y de servicio a nuestra comunidad.

Como es de su conocimiento, la próxima Convención se realizará en la Ciudad de México el próximo 1 y 2 de Mayo del año en curso, motivo por el cual los Consejos locales queremos brindarles una cálida bienvenida a tan distinguido y magno evento. En esta ocasión estaremos reunidos los cuatro Consejos de Estado. También celebramos el 105 aniversario de la fundación de los Caballeros de Colón en México así como el Bicentenario de la Independencia de nuestra nación.

Es de destacar que a la Convención 2010 asistirá el Caballero Supremo Carl A. Anderson. También contaremos con la distinguida presencia del Nuncio Apostolico en México S.E.R. Mons. Christophe Pierre y el Arzobispo Primado de México S.E.R. Norberto Cardenal Rivera Carrera.

Agradeciéndoles su apoyo y confianza por haber elegido a la Ciudad de México como sede de la Convención de los Consejos de Estado México Noreste, Noroeste, Centro y Sur, estamos a sus órdenes y listos para recibirlos.

Saludos Cordiales.


José Antonio Fernández
Presidente

miércoles, 7 de abril de 2010

Semana Santa en México.



En la Catedral Primada de México, al menos 800 Sacerdotes se hicieron presentes en la misa de Jueves Santo para la bendición de los Santos Oleos. Los Heraldos también asistieron.



4 de Abril. El Card. Norberto Rivera celebró la misa de Pascua y patronal de la Parroquia El Señor de la Resurrección. Los Heraldos acolitaron la misma.

domingo, 4 de abril de 2010

Pascua 2010.





¡No está aquí, ha resucitado!

“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? ¡No está aquí, ha resucitado!” (Lc 24,5). El Señor está vivo, el mismo que vimos crucificado y sepultado no está en el sepulcro, ha atravesado el umbral que nadie había pasado jamás y lo contemplamos glorioso, revestido de majestad y hermosura. Cristo ha vencido la muerte, pero no sólo su muerte, sino también la nuestra; su vida inmortal es garantía de nuestra inmortalidad; su victoria es certeza de nuestro triunfo futuro; su sacrificio está unido al nuestro, y si morimos con Él, podemos estar seguros que resucitaremos con Él.


Regina Caeli, laetare, alleluia:
quia quem meruisti portare, alleluia.
Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
Ora pro nobis Deum, alleluia.

V. Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia.
R. Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Oremus.

Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Jesu Christi, mundum laetificare dignatus es: praesta, quaesumus; ut, per ejus Genitricem Virginem Mariam, per petuae capiamus gaudia vitae. Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen

viernes, 2 de abril de 2010

En esta hora.


Por tu dolorosa Pasión.

Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Via Crucis 2010.


Via Crucis 2010

Textos del Via Crucis que rezará Benedicto XVI el viernes santo en Roma. Han sido escritos por el Cardenal Camillo Ruini.



INTRODUCCIÓN


CANTO

R. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi,
quia per Crucem tuam redemisti mundum.


1. Per lignum servi facti sumus, et per sanctam Crucem liberati sumus. R.


2. Fructus arboris seduxit nos, Filius Dei redemit nos. R.

MEDITACIÓN

Cuando el Apóstol Felipe dijo a Jesús: "Señor, muéstranos al Padre", él respondió: "Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces...? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14, 8-9). Esta noche, mientras acompañamos en nuestro corazón a Jesús, que camina bajo el peso de la cruz, no nos olvidemos de estas palabras suyas. También cuando lleva la cruz y cuando muere en ella, Jesús sigue siendo el Hijo de Dios Padre, una misma cosa con él. Mirando su rostro desfigurado por los golpes, la fatiga, el sufrimiento interior, vemos el rostro del Padre. Más aún, precisamente en ese momento, la gloria de Dios, su luz demasiado fuerte para el ojo humano, se hace más visible en el rostro de Jesús. Aquí, en ese pobre ser que Pilato ha mostrado a los judíos, esperando despertar en ellos piedad, con las palabras "Aquí lo tenéis" (Jn19, 5), se manifiesta la verdadera grandeza de Dios, la grandeza misteriosa que ningún hombre podía imaginar.

En Jesús crucificado se revela además otra grandeza, la nuestra, la grandeza que pertenece a todo hombre por el hecho mismo de tener un rostro y un corazón humano. Escribe san Antonio de Padua: "Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú te mires en la cruz como en un espejo... Si te miras en él, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad... y tu valor... En ningún otro lugar el hombre puede darse mejor cuenta de cuánto vale, que mirándose en el espejo de la cruz" (Sermones Dominicales et Festivi III, pp. 213-214). Sí, Jesús, el Hijo de Dios, ha muerto por ti, por mí, por cada uno de nosotros, y de este modo nos ha dado la prueba concreta de cuán grandes y cuán valiosos somos a los ojos de Dios, los únicos ojos que, superando todas las apariencias, son capaces de ver en profundidad la realidad de las cosas.

Al participar en el Via Crucis, pidamos a Dios que nos dé también a nosotros esa mirada suya de verdad y de amor para que, unidos a él, seamos libres y buenos.

El Santo Padre:

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R/. Amén.

El Santo Padre:

Oremos.

Breve pausa de silencio.

Señor, Dios Padre omnipotente,
tú lo sabes todo,
tú ves la enorme necesidad que tenemos de ti en nuestros corazones.
Da a cada uno de nosotros la humildad de reconocer esta necesidad.
Libra nuestra inteligencia de la pretensión,
equivocada y algo ridícula,
de poder dominar el misterio que nos circunda por todas partes.
Libra nuestra voluntad de la presunción,
un tanto ingenua e infundada,
de poder construir solos nuestra felicidad
y el sentido de nuestra vida.
Haz penetrante y sincero nuestro ojo interior,
para poder reconocer, sin hipocresía,
el mal que hay dentro de nosotros.
Pero danos también,
a la luz de la cruz y de la resurección de tu único Hijo,
la certeza de que, unidos a él y sostenidos por él,
también nosotros podremos vencer el mal con el bien.
Señor Jesús,
ayúdanos a caminar con este espíritu detrás de tu cruz.

R/. Amén.

PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte


V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Juan. 19, 6 - 7. 12. 16

Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les dijo: "Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él". Los judíos le contestaron: "Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios"...

Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: "Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César" ...Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

MEDITACIÓN

¿Por qué Jesús fue condenado a muerte, él, que "pasó haciendo el bien"? (Hch 10, 38). Esta pregunta nos acompañará a lo largo del Via Crucis como nos acompaña durante toda la vida.

En los Evangelios encontramos una respuesta verdadera: los jefes de los judíos quisieron su muerte porque comprendieron que Jesús se consideraba el Hijo de Dios. Y hallamos también una respuesta que los judíos utilizaron como pretexto para obtener de Pilato su condena: Jesús habría pretendido ser un rey de este mundo, el rey de los judíos.

Detrás de estas respuestas se abre un abismo, que los mismos Evangelios y toda la Sagrada Escritura nos permiten contemplar: Jesús ha muerto por nuestros pecados. Y aún más profundamente, ha muerto por nosotros, ha muerto porque Dios nos ama, y nos ama tanto que entregó a su Hijo único, para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3, 16-17).

Debemos, por tanto, mirar a nosotros mismos: al mal y al pecado que habitan dentro de nosotros y que con excesiva frecuencia fingimos ignorar. Pero aún más debemos dirigir la mirada al Dios rico en misericordia que nos ha llamado amigos (cf. Jn 15, 15). Así, el camino del Via Crucis y todo el camino de la vida se convierte en un itinerario de penitencia, de dolor y de conversión, pero también de gratitud, fe y alegría.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Stabat mater dolorosa,
iuxta crucem lacrimosa,
dum pendebat Filius.


SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas


V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo. 27, 27 - 31

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando la rodilla, se burlaban de él diciendo: "¡Salve, rey de los judíos!". Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Del Evangelio según san Juan. 19, 17

Y Jesús, cargando con la cruz, salió al sitio llamado "de la Calavera", que en hebreo se dice Gólgota.

MEDITACIÓN

Después de la condena viene la humillación. Lo que los soldados hacen a Jesús nos parece inhumano. Más aún, es ciertamente inhumano: son actos de burla y desprecio en los que se expresa una oscura ferocidad, sin preocuparse del sufrimiento, incluso físico, que sin motivo se causa a una persona condenada ya al suplicio tremendo de la cruz. Sin embargo, este comportamiento de los soldados es también, por desgracia, incluso hasta demasiado humano. Miles de páginas de la historia de la humanidad y de la crónica cotidiana confirman que acciones de este tipo no son en absoluto extrañas al hombre. El Apóstol Pablo puso bien de manifiesto esta paradoja: "Sé muy bien que no es bueno eso que habita en mí... El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago" (Rom 7, 18-19).

Así es, precisamente: en nuestra conciencia se enciende la luz del bien, una luz que en muchos casos se hace evidente y por la cual, afortunadamente, nos dejamos guiar en nuestras opciones. En cambio, a menudo, sucede lo contrario: esa luz queda oscurecida por los resentimientos, por deseos inconfesables, por la perversión del corazón. Y entonces nos hacemos crueles, capaces de las peores cosas, incluso de cosas increíbles.

Señor Jesús, también yo soy de los que se han burlado de ti y te han golpeado. En efecto, tú has dicho: "cada vez que hicisteis eso con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25, 40). Señor Jesús, perdóname.

Todos:


Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Cuius animam gementem,
contristatam et dolentem
pertransivit gladius.


TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez


V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del profeta Isaías. 53, 4 - 6

¡Eran nuestras dolencias las que él llevaba, y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

MEDITACIÓN

Los Evangelios no nos hablan de las caídas de Jesús bajo el peso de la cruz, pero esta antigua tradición es muy verosímil. Recordemos tan sólo que, antes de cargar con la cruz, Jesús había sido flagelado por orden de Pilato. Después de todo lo que le había sucedido desde la noche en el huerto de los olivos, sus fuerzas debían de estar prácticamente agotadas.

Antes de detenernos en los aspectos más profundos e interiores de la pasión de Jesús, consideremos simplemente el dolor físico que tuvo que soportar. Un dolor enorme y tremendo, hasta el último respiro en la cruz, un dolor que asusta.

El sufrimiento físico es lo más fácil de vencer, o al menos de atenuar, con nuestras actuales técnicas y metodos, con la anestesia y otras terapias del dolor. Si bien, una masa gigantesca de sufrimientos físicos sigue presente en el mundo, debido a muchas causas naturales o dependientes de comportamientos humanos.

De todas formas, Jesús no rechazó el dolor físico y así se solidarizó con toda la familia humana, en especial con aquella parte más numerosa cuya vida, todavía hoy, está marcada por esta forma de dolor. Mientras lo vemos caer bajo el peso de la cruz, le pedimos humildemente el valor de agrandar con una solidaridad hecha no sólo de palabras la pequeñez de nuestro corazón.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

O quam tristis et afflicta
fuit illa benedica
mater Unigeniti!


CUARTA ESTACIÓN
Jesús encuentra a su Madre

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según san Juan. 19, 25 - 27

Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su Madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su Madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

MEDITACIÓN

En los Evangelios no se habla directamente de un encuentro de Jesús con su Madre a lo largo del camino de la cruz, sino de la presencia de María al pie de la cruz. Y allí Jesús se dirige a ella y al discípulo amado, Juan el evangelista. Sus palabras tienen un sentido inmediato: encomendar María a Juan, para que se ocupe de ella. Y un sentido mucho más amplio y profundo: al pie de la cruz María ha sido llamada a pronunciar un segundo "sí", después del sí de la Anunciación, con el cual se convierte en Madre de Jesús, abriéndonos así la puerta de la salvación.

Con este segundo sí, María se convierte en madre de todos nosotros, de todo hombre y de toda mujer por los cuales Jesús ha derramado su sangre. Una maternidad que es signo viviente del amor y de la misericordia de Dios por nosotros. Por eso, los vínculos de afecto y confianza que unen a María con el pueblo cristiano son tan profundos y fuertes; por eso acudimos espontáneamente a ella, sobre todo en las circunstancias más difíciles de la vida.

María, sin embargo, ha pagado un precio muy elevado por su maternidad universal. Como profetizó de ella Simeón en el templo de Jerusalén, "una espada te traspasará el corazón" (Lc 2, 35).

María, Madre de Jesús y madre nuestra, ayúdanos a experimentar en nuestras almas, en esta noche y siempre, ese sufrimiento lleno de amor que te unió a la cruz de tu Hijo.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quæ mærebat et dolebat
Pia mater, cum videbat
Nati poenas incliti.


QUINTA ESTACIÓN
El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz


V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Lucas. 23, 26

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús.

MEDITACIÓN

Jesús debía de estar verdaderamente agotado; por eso los soldados intentan remediarlo tomando al primer desventurado que encuentran y lo cargan con la cruz. También en la vida de cada día, la cruz, bajo muchas formas diversas -como una enfermedad o un accidente grave, la pérdida de una persona querida o del trabajo- cae sobre nosotros a menudo sin esperarlo. Y nosotros sólo vemos en ella una mala suerte o en el peor de los casos una desgracia.

Pero Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga" (Mt 16, 24). No son palabras fáciles; más aún, en el contexto de la vida concreta son las palabras más difíciles del Evangelio. Todo nuestro ser, todo lo que existe dentro de nosotros, se revela contra semejantes palabras.

Sin embargo, Jesús sigue diciendo: "Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará" (Mt 16, 25). Detengámonos en este "por mí": aquí está toda la pretensión de Jesús, la conciencia que él tenía de sí mismo y la petición que nos dirige a nosotros. Él está en el centro de todo, él es el Hijo de Dios que es una sola cosa con Dios Padre (cf. Jn 10, 30), él es nuestro único Salvador (cf. Hch 4, 12).

En efecto, con frecuencia sucede que lo que al comienzo sólo parecía una mala suerte o una desgracia, luego se ha revelado como una puerta que se ha abierto en nuestra vida llevándonos a un bien mayor. Pero no siempre es así: a menudo, en este mundo, las desgracias no son más que pérdidas dolorosas. Aquí de nuevo Jesús tiene algo que decirnos. O mejor, algo que le sucedió: después de la cruz, resucitó de entre los muertos, y resucitó como primogénito de muchos hermanos (cf. Rm 8, 29; 1 Co 15, 20). Sí, su cruz no se puede separar de su resurrección. Sólo creyendo en la resurrección podemos recorrer de manera sensata el camino de la cruz.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quis est homo qui non fleret,
matrem Christi si videret
in tanto supplicio?


SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús


V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del profeta Isaías. 53, 2 - 3

Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

MEDITACIÓN

Cuando la Verónica enjugó el rostro de Jesús con un paño, ese rostro no debía ser ciertamente atractivo: era un rostro desfigurado. Sin embargo, ese rostro no podía dejar indiferente, turbaba. Podía provocar burla y desprecio, aunque también compasión e incluso amor, deseo de ayudarlo. La Verónica es el símbolo de esos sentimientos.

A pesar de estar muy desfigurado, el rostro de Jesús es siempre el rostro del Hijo de Dios. Es un rostro desfigurado por nosotros, por el cúmulo enorme de la maldad humana. Pero es también un rostro desfigurado en favor nuestro, que expresa el amor y la donación de Jesús y es espejo de la misericordia infinita de Dios Padre.

En el rostro sufriente de Jesús vemos, además, otro cúmulo gigantesco, el de los sufrimientos humanos. Y así el gesto de piedad de la Verónica se convierte para nosotros en una provocación, en una exhortación urgente: en la petición, dulce pero imperiosa, de no volver la cabeza hacia otra parte, de mirar también nosotros a los que sufren, estén cerca o no. Y no sólo mirar, sino ayudar. El Via Crucis de esta noche no será baldío si nos lleva a realizar gestos concretos de amor y de solidaridad activa.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo

Quis non posset contristari,
piam matrem contemplari
dolentem cum Filio?


SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez

V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del libro de los Salmos. 41, 6 - 10

Mis enemigos me desean lo peor: "A ver si se muere, y se acaba su apellido". El que viene a verme, habla con fingimiento, disimula su mala intención , y, cuando sale afuera, la dice. Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros: "Padece un mal sin remedio, se acostó para no levantarse". Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme.

MEDITACIÓN

Jesús cae de nuevo bajo el peso de la cruz. Cierto que estaba agotado físicamente, pero estaba también herido mortalmente en su corazón. Pesaba sobre él el rechazo de los que, desde el principio, se habían opuesto obstinadamente a su misión. Pesaba el rechazo que, al final, le había mostrado aquel pueblo que parecía estar lleno de admiración e incluso de entusiasmo por él. Por eso, mirando a la ciudad santa que tanto amaba, Jesús había exclamado: "¡Jerusalén, Jerusalén, ... cuántas veces quise reunir a tus hijos a la manera que la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste!" (Mt 23, 37). Pesaba terriblemente la traición de Judas, el abandono de los discípulos en el momento de la prueba suprema, pesaba en particular la triple negación de Pedro.

Sabemos bien que pesaba también sobre él la masa innumerable de nuestros pecados, de las culpas que acompañan a la humanidad a lo largo de los milenios.

Por eso, supliquemos a Dios, con humildad, pero también con confianza: ¡Padre rico en misericordia, ayúdanos a no hacer todavía más pesada la cruz de Jesús! En efecto, como escribió Juan Pablo II, de quien esta noche se celebra el quinto aniversario de su muerte: "el límite impuesto al mal, del que el hombre es artífice y víctima, es en definitiva la Divina Misericordia" (Memoria e identità, p. 70).

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Pro peccatis suae gentis
vidit Iesum in tormentis
et flagellis subditum.


OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén


V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Lucas. 23, 27 - 29. 31

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: "Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado"...

Porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?».

MEDITACIÓN

En efecto, es Jesús quien tiene compasión de las mujeres de Jerusalén, y de todos nosotros. Incluso llevando la cruz, Jesús sigue siendo el hombre que tiene compasión de las multitudes (cf. Mc 8, 2), que prorrumpe en llanto ante la tumba de Lázaro (cf. Jn 11, 35), que proclama bienaventurados a los que lloran, porque serán consolados (cf. Mt 5, 5).

Jesús se muestra como el único que conoce realmente el corazón de Dios Padre y que por lo mismo nos lo puede dar a conocer a nosotros: "nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt11, 27).

Desde los tiempos más remotos, la humanidad se ha preguntado, a menudo con angustia, cuál es realmente la actitud de Dios hacia nosotros: ¿una actitud de solicitud providencial, o por el contrario de soberana indiferencia, o incluso de desdén y de odio? No podemos responder con certeza a una pregunta de este tipo con el único recurso de nuestra inteligencia, de nuestra experiencia y ni siquiera de nuestro corazón.

Por esto, Jesús -su vida y su palabra, su cruz y su resurrección- es con mucho la realidad más importante de toda la existencia humana, la luz que ilumina nuestro destino.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Eia mater, fons amoris,
me sentire vim doloris
fac, ut tecum lugeam.


NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez

V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios. 5, 19-21

Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación... En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios.

MEDITACIÓN

He aquí el motivo más profundo de las repetidas caídas de Jesús: no sólo los sufrimientos físicos y las traiciones humanas, sino la voluntad del Padre. Esa voluntad misteriosa y humanamente incomprensible, pero infinitamente buena y generosa, por la cual Jesús se hizo "pecado por nosotros"; todas las culpas de la humanidad recaen sobre él, realizándose ese misterioso intercambio que hace de nosotros pecadores "justicia de Dios".

Mientras tratamos de ensimismarnos en Jesús que camina y cae bajo el peso de la cruz, es justo que experimentemos en nosotros sentimientos de arrepentimiento y de dolor. Pero más fuerte aún debe ser la gratitud que invade nuestra alma.

Sí, oh Señor, tú nos has rescatado, nos has librado, con tu cruz nos has hecho justos ante Dios. Es más, nos has unido tan íntimamente contigo, que has hecho de nosotros, en ti, los hijos de Dios, sus familiares y amigos. Gracias, Señor, haz que la gratitud hacia ti sea la nota dominante de nuestra vida.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.


DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras

V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Juan. 19, 23 - 24

Los soldados... cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: "No la rasguemos, sino echemos a suertes a ver a quién le toca". Así se cumplió la Escritura: "Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica".

MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras: estamos en el acto final de aquel drama, iniciado con la detención en el huerto de los olivos, a través del cual Jesús es despojado de su dignidad de hombre, antes incluso que de la de Hijo de Dios.

Muestran a Jesús desnudo a la vista de la gente de Jerusalén y de toda la humanidad. En un sentido profundo, es justo que sea así: él en efecto se despojó totalmente de sí mismo, para sacrificarse por nosotros. Por eso el gesto de despojarlo de las vestiduras es también el cumplimiento de la Sagrada Escritura.

Viendo a Jesús desnudo en la cruz, percibimos dentro de nosotros una necesidad imperiosa: mirar sin velos dentro de nosotros mismos; pero, antes de desnudarnos espiritualmente ante nosotros mismos, hacerlo ante Dios y ante nuestros hermanos los hombres. Despojarnos de la pretensión de aparecer mejores de lo que somos, para tratar en cambio de ser sinceros y transparentes.

El comportamiento que, más que ningún otro indignaba a Jesús era, en efecto, la hipocresía. Cuántas veces dijo a sus discípulos: no hagáis "como los hipócritas" (Mt 6, 2.5.16), o a los que desacreditaban sus buenas acciones: "¡Ay de vosotros hipócritas!" (Mt 23, 13.15.23.25.27.29).

Señor Jesús, desnudo en la cruz, ayúdame a estar yo también desnudo ante ti.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Sancta mater, istud agas,
Crucifixi fige plagas
cordi meo valide.


UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es clavado en la cruz

V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Marcos. 15, 25 - 27

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: "El rey de los judíos". Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. Una tortura tremenda. Y mientras está colgado en la cruz hay muchos que se burlan de él e incluso lo provocan: «A otros ha salvado y él no se puede salvar... ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libere ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» (Mt 27, 42-43). Así se mofaban no sólo de su persona, sino también de su misión de salvación, la misión que Jesús estaba llevando a cumplimiento precisamente en la cruz.

Pero, en su interior, Jesús experimenta un sufrimiento incomparablemente mayor, que le hace prorrumpir en un grito: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34). Se trata, en verdad, de las palabras inciales de un salmo, que se concluye con la reafirmación de la plena confianza en Dios. Y, sin embargo, son palabras que hay que tomar totalmente en serio, ya que expresan la prueba más grande a la que fue sometido Jesús.

Cuántas veces, frente a una prueba, pensamos que hemos sido olvidados o abandonados por Dios. O incluso estamos tentados a concluir que Dios no existe.

El Hijo de Dios, que bebió hasta el fondo su amargo cáliz y luego resucitó de entre los muertos, nos dice, en cambio, con todo su ser, con su vida y su muerte, que debemos fiarnos de Dios. En él sí que podemos creer.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Tui Nati vulnerati,
tam dignati pro me pati
poenas mecum divide.


DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz


V. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Juan. 19, 28 - 30

Sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: "Está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

MEDITACIÓN

Cuando la muerte llega después de una dolorosa enfermedad, se suele decir con alivio: "Ha terminado de sufrir". En cierto sentido, estas palabras sirven también para Jesús. Sin embargo, frente a la muerte de cualquier hombre y mucho más de ese hombre que es el Hijo de Dios, son palabras demasiado limitadas y superficiales.

Efectivamente, cuando Jesús muere, el velo del templo de Jerusalén se rasga en dos mientras tienen lugar otros signos, que hacen exclamar al centurión romano que estaba de guardia en la cruz: "Realmente éste era Hijo de Dios" (cf. Mt 27, 51-54).

En realidad, nada hay tan oscuro y misterioso como la muerte del Hijo de Dios, que junto con Dios Padre es la fuente y la plenitud de la vida. Pero, tampoco hay nada tan luminoso, porque aquí resplandece la gloria de Dios, la gloria del Amor omnipotente y misericordioso.

Frente a la muerte de Jesús, nuestra respuesta es el silencio de la adoración. Así nos encomendamos a él, nos ponemos en sus manos, pidiéndole que nunca nada, tanto en la vida como en la muerte, nos pueda separar de él (cf. Rom 8, 38-39).

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Vidit suum dulcem Natum
morientem desolatum,
cum emisit spiritum.


DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre


V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.
Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Juan. 2, 1 - 5

Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: "No les queda vino". Jesús le contestó: "Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora". Su madre dijo a los sirvientes: "Haced lo que él diga".

MEDITACIÓN

La hora de Jesús ya se ha cumplido y Jesús es depuesto de la cruz. Los brazos de su Madre están prontos para acogerlo. Después de haber gustado hasta el final la soledad de la muerte, Jesús encuentra enseguida -en su cuerpo exánime- al más fuerte y dulce de sus vínculos humanos, el calor del afecto de su Madre. Los mejores artistas, pensemos en la Piedad de Miguel Ángel, han sabido captar y expresar la profundidad y la fuerza indestructible de este vínculo.

Recordando que María, al pie de la cruz, se ha convertido en madre de cada uno de nosotros, le pedimos que ponga en nuestro corazón los sentimientos que la unen a Jesús. En efecto, para ser verdaderamente cristianos, para poder seguir de verdad a Jesús, hay que estar unidos a él con todo lo que hay dentro de nosotros: la mente, la voluntad, el corazón, nuestras pequeñas y grandes opciones cotidianas.

Sólo así Dios podrá ocupar el centro de nuestra vida, sin quedar reducido a una consolación que, aunque esté siempre a mano, no interfiera con los intereses concretos que nos impulsan a actuar.

Todos:


Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Fac me vere tecum flere,
Crucifixo condolere,
donec ego vixero


DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es colocado en el sepulcro


V.Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.
R.Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo. 27, 57-60

Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.

MEDITACIÓN

Con la piedra que cierra la entrada del sepulcro, parece que todo haya acabado realmente. ¿Pero podía quedar prisionero de la muerte el Autor de la vida? Por eso, el sepulcro de Jesús, desde entonces hasta hoy, no sólo se ha convertido en el objeto de la más conmovedora devoción, sino que también ha provocado la más profunda división de las inteligencias y de los corazones: aquí se divide el camino que separa a los que creen en Cristo de los que, por el contrario, no creen en él, aunque a menudo lo consideren un hombre maravilloso.

Efectivamente, aquel sepulcro quedó vacío muy pronto y jamás se ha podido encontrar una explicación convincente de por qué quedó vacío, excepto la que dieron María Magdalena, Pedro y los otros Apóstoles, los testigos de Jesús resucitado de entre los muertos.

Ante el sepulcro de Jesús detengámonos en oración, pidiendo a Dios esos ojos de la fe que nos permitan unirnos a los testigos de la resurrección. Así, el camino de la cruz se convertirá también para nosotros en fuente de vida.

Todos:

Pater noster, qui es in cælis:
sanctificetur nomen tuum;
adveniat regnum tuum;
fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a malo.

Quando corpus morietur,
fac ut animæ donetur
paradisi goria. Amen.


DISCURSO DEL SANTO PADRE
Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

El Santo Padre dirige su palabra a los presentes.

Al final del discurso, el Santo Padre imparte la Bendición Apostólica:

V/. Dominus vobiscum.
R/. Et cum spiritu tuo.

V/. Sit nomen Domini benedictum.
R/. Ex hoc nunc et usque in sæculum.

V/. Adiutorium nostrum in nomine Domini.
R/. Qui fecit cælum et terram.

V/. Benedicat vos omnipotens Deus,
Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus.
R/. Amen.

CANTO

R. Crux fidelis, inter omnes arbor una nobilis,
Nulla talem silva profert, flore, fronde, germine!
Dulce lignum dulci clavo dulce pondus sustinens.


1. Pange, lingua, gloriosi prœlium certaminis,
Et super Crucis trophæo dic triumphum nobilem,
Qualiter Redemptor orbis immolatus vicerit. R.


2. De parentis protoplasti fraude factor condolens,
Quando pomi noxialis morte morsu corruit,
Ipse lignum tunc notavit, damna ligni ut solveret. R.


Misa de la Institución de la Eucaristia, lavatorio de pies y la visita de las 7 casas.











jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo 2010.





Jueves Santo, Misa Crismal, 01 de abril de 2010.

Atraídos por la belleza litúrgica de esta Santa Misa Crismal, conmemoración de Cristo, el Ungido, nuestro Único Sumo y Eterno Sacerdote, nos reunimos aquí, en nuestra iglesia madre, en esta hermosa Catedral que se yergue majestuosa y sobria a la vez por ser casa de Dios y casa nuestra, para consagrar los óleos santos, dispensadores de la vida divina por la acción salvífica de los sacramentos.

En comunión con su servidor, a quien indignamente el Señor ha puesto como obispo de esta Iglesia Particular, han venido ustedes, mis queridos obispos auxiliares y presbíteros, para renovar con especial entusiasmo y alegría las promesas que hicieran el día de su ordenación. Esta renovación se encuentra ahora especialmente enmarcada en el Año Sacerdotal que ha tenido a bien decretar nuestro Santo Padre Benedicto XVI.

Ustedes -nos dice el profeta Isaías en la primera lectura que hemos escuchado-, serán llamados sacerdotes del Señor, y les darán el nombre de ministros de nuestro Dios (Is 6), y el apóstol Juan nos desea la gracia que Jesucristo nos adquirió, la paz que nace de la convicción de su amor que nos purificó de nuestros pecados por su sangre derramada en la cruz, haciendo de los redimidos un reino de sacerdotes para su Dios y Padre (cfr. Ap 1,5).



Sí, queridos hermanos, Jesús, el Ungido de Dios, nos ha hecho sus sacerdotes, nos ha transformado en Cristo por la imposición de las manos, y esto es algo maravilloso, pero a la vez terrible: es grandioso porque nos hace partícipes de su mesianismo, porque cuando realizamos el ministerio sacerdotal, más allá de nuestra indignidad, es Cristo quien actúa en nosotros,. Pero es terrible por la responsabilidad que pone en nuestras débiles manos: ser otro Cristo, buscar día tras día alcanzar su estatura y tener sus mismos sentimientos, anunciar con alegría la Buena Nueva a los pobres y a los pecadores, llevar la liberación a los cautivos, dar la libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor (cfr. Lc 4,18-19).

Es a través de nuestra pequeñez y limitación como Cristo ha querido perpetuar su sacerdocio en la Iglesia haciéndonos partícipes de su ministerio de salvación, renovando día con día, en su nombre, el sacrificio redentor; preparando para su pueblo el banquete pascual; fomentando en las comunidades la vivencia de la caridad; alimentando a los fieles con el anuncio y la enseñanza de la Palabra, y fortificando a su rebaño con los sacramentos.

Una tarea tan descomunal pide una vida consagrada totalmente a Dios y a la salvación de los hermanos, y exige el esfuerzo de reproducir en nosotros la imagen de Cristo, dando un testimonio cotidiano de fidelidad y de amor, de tal forma que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó.

En un momento más renovaremos nuestras promesas sacerdotales y les preguntaré si están dispuestos a unirse cada día más a Nuestro Señor Jesucristo, renunciando así mismos y reafirmando los compromisos sagrados: la celebración amorosa de la Eucaristía y de los sacramentos; el oficio de enseñar la verdad revelada, contenida en las Sagradas Escrituras; siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, que no se busca a sí mismo, sino que da la vida por sus ovejas sin que los mueva el deseo de los bienes terrenos o de ambiciones humanas, sino impulsados únicamente por el amor a Cristo y a su Iglesia.





Es desconcertante y doloroso que, precisamente en este Año de gracia, la imagen del sacerdote esté siendo atacada y desprestigiada como nunca. Hacía siglos que la Iglesia no pasaba por un descrédito tan grande y por una confrontación tan cruda. El Santo Padre Benedicto XVI ha tenido que sufrir la difamación y el ataque lleno de mentiras y vileza, pero ha hecho frente con admirable valentía a los escándalos que han lastimado, en lo más profundo, la confianza y la fe de los fieles cristianos en todo el mundo, y la causa no es ajena al interior de la Iglesia, son algunos sacerdotes deshonestos y criminales que con sus abominables acciones de abusos a niños inocentes, han dañado irremediablemente a sus víctimas, han traicionado su ministerio sagrado, han enlodado a la Iglesia y han avergonzado a sus hermanos sacerdotes.

Ante esta dolorosa y vergonzosa crisis, más que hacer una defensa pública debemos realizar un profundo examen de conciencia y revisar cómo estamos viviendo nuestro ministerio sacerdotal. ¿No es ésta una crisis que hunde sus raíces en nuestra mediocridad espiritual? Olvidamos con frecuencia nuestra vida interior y de oración; descuidamos nuestra propia práctica sacramental: la confesión, la dirección espiritual, la celebración amorosa de la Santa Eucaristía; entramos de forma acrítica en un proceso de desacralización de nuestro propio ministerio y nos acomodamos con facilidad a los criterios del mundo al que deberíamos combatir; faltamos a la caridad pastoral y dejamos a la deriva a los fieles, a quienes hemos consagrado nuestra vida para ganarlos a Dios. El exagerado activismo nos lleva a la fatiga y al descuido de nuestra formación espiritual e intelectual; el abandono de nuestro amor y adhesión a Jesucristo nos lleva a la vivencia de una soledad amarga y de un vacío que pretendemos llenar con apegos afectivos o materiales, pero que terminan por vaciarnos aún más. “Se fueron tras vaciedades y se quedaron vacíos”, nos recuerda con crudeza el profeta Jeremías.

Hoy, queridos hermanos, es preciso contemplar al que traspasaron y lanzar un grito “de profundis”. Necesitamos ser amados, ser redimidos, ser sanados, experimentar nosotros -ministros de la misericordia y la reconciliación- la bondad y el perdón del Señor, Crucificado por nuestros pecados, y Resucitado para darnos la esperanza de la salvación y de la vida inmortal.

Recibamos con humildad la humillación que el mundo hoy nos lanza públicamente a la cara, reconozcamos nuestras culpas y pecados, que este lodo lanzado injustamente de forma generalizada contra todos los sacerdotes, digo injustamente, ya que la inmensa mayoría de ustedes son buenos y abnegados sacerdotes del Señor-, sea una penitencia pública por nuestros hermanos que han pecado y delinquido. No olvidemos lo que decía el Señor: “El que se humilla será enaltecido y el que se enaltece será humillado”.

Que el Señor, que se levantó glorioso del sepulcro, también nos levante de nuestra vergüenza y postración, que vea nuestra humillación y se apiade de nuestra miseria y debilidad. Sin embargo, nunca perdamos la paz, nunca dejemos de experimentar la alegría de haber consagrado nuestra vida entera al Señor; que siempre nos haga vibrar la emoción de sabernos amados y haber sido llamados a ser sus sacerdotes para siempre. La Pasión santísima del Señor que celebraremos estos días, nos debe llevar a unirnos íntimamente a Él, abrazando con amor su cruz: “También nosotros –le diremos como sus discípulos-, vamos a Jerusalén a morir contigo”.

Este Jueves Santo es también una ocasión para reiterar las medidas que hace tres años hice públicas en un mensaje dirigido al Pueblo de Dios: Si alguna persona conoce de estos crímenes, tiene el deber moral de denunciarlos tanto a las autoridades civiles como eclesiásticas. Y una vez más advierto a ustedes mis sacerdotes, que si alguno comete estos abominables actos, ni un servidor ni la Arquidiócesis de México defenderá o tolerará al delincuente, antes bien, promoverá que la autoridad civil actúe con todo el rigor de la ley y pague en consecuencia por sus crímenes. No gozamos, ni debemos gozar de ningún fuero. Por supuesto que en lo eclesiástico seguiremos actuando con la severidad ordenada por la Santa Sede.

Pido nuevamente a mis Obispos Auxiliares que hagan una revisión exhaustiva en sus respectivas vicarías con la finalidad de asegurarse que no haya casos de abusos sin resolver y que tengan siempre la solicitud pastoral de atender y brindar ayuda a las víctimas y a sus familias, así como de reportar al Tribunal Eclesiástico y al Delegado de Justicia cualquier anomalía relacionada con esos delitos para que se inicien los procedimientos punitivos correspondientes, repito, tanto en lo civil como en lo eclesiástico. De igual forma, les pido que sean cuidadosos en la admisión de sacerdotes que provengan de otras diócesis y no los acepten sin estar plenamente seguros de su integridad moral y psicológica.

A los superiores de nuestro Seminario Conciliar, les exijo proceder con gran cuidado y diligencia en la selección de los candidatos al sacerdocio, y expulsar definitivamente a los seminaristas que pudieran presentar tendencias patológicas que más tarde podríamos lamentar.

No puedo terminar esta reflexión sin dar gracias a Dios Nuestro Señor por el gran pueblo que nos ha confiado y que, pese a nuestras defecciones y errores, nos sigue amando, respetando y confiando en nosotros. Los fieles siguen viendo en nuestra frágil persona a Cristo mismo y nos tratan con verdadero afecto y amor. Que Dios pague su fidelidad y caridad, y les pido, queridos hermanos, que sigan orando intensamente por sus sacerdotes, por las vocaciones y por un servidor. Oren por nuestra conversión, por nuestra santificación, para que el Señor nos dé un corazón semejante al suyo, lleno de solicitud y amor por sus ovejas. Oren para que, en el momento de la prueba, nuestra fe no desfallezca, para que no tengamos miedo en seguirlo al Calvario abrazados de su cruz, para que nuestro corazón lo ame sólo a Él y de ese amor brote el amor y servicio a ustedes, su pueblo santo y sacerdotal.






León 2010.

viernes, 19 de marzo de 2010

San José.

19 de Marzo
San José,
Esposo de la Virgen María







( Pintura sobre lienzo. Obra de Vicente López, de 1803. )

José significa "Dios me ayuda".

De San José únicamente sabemos los datos históricos que San Mateo y San Lucas nos narran en el Evangelio. Su más grande honor es que Dios le confió sus dos más preciosos tesoros: Jesús y María. San Mateo nos dice que era descendiente de la familia de David.

Una muy antigua tradición dice que l9 de Marzo sucedió la muerte de nuestro santo y el paso de su alma de la tierra al cielo.



Los santos que más han propagado la devoción a San José han sido: San Vicente Ferrer, Santa Brígida, San Bernardino de Siena (que escribió en su honor muy hermosos sermones) y San Francisco de Sales, que predicó muchas veces recomendando la devoción al santo Patriarca. Pero sobre todo, la que más propagó su devoción fue Santa Teresa, que fue curada por él de una terrible enfermedad que la tenía casi paralizada, enfermedad que ya era considerada incurable. Le rezó con fe a San José y obtuvo de manera maravillosa su curación. En adelante esta santa ya no dejó nunca de recomendar a las gentes que se encomendaran a él. Y repetía: "Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo". Hacia el final de su vida, la mística fundadora decía: "Durante 40 años, cada año en la fiesta de San José le he pedido alguna gracia o favor especial, y no me ha fallado ni una sola vez. Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán que grandes frutos van a conseguir". Y es de notar que a todos los conventos que fundó Santa Teresa les puso por patrono a San José.

San Mateo narra que San José se había comprometido en ceremonia pública a casarse con la Virgen María. Pero que luego al darse cuenta de que Ella estaba esperando un hijo sin haber vivido juntos los dos, y no entendiendo aquel misterio, en vez de denunciarla como infiel, dispuso abandonarla en secreto e irse a otro pueblo a vivir. Y dice el evangelio que su determinación de no denunciarla, se debió a que "José era un hombre justo", un verdadero santo. Este es un enorme elogio que le hace la Sagrada Escritura. En la Biblia, "ser justo" es lo mejor que un hombre puede ser.

Nuestro santo tuvo unos sueños muy impresionantes, en los cuales recibió importantísimos mensajes del cielo.

En su primer sueño, en Nazaret, un ángel le contó que el hijo que iba a tener María era obra del Espíritu Santo y que podía casarse tranquilamente con Ella, que era totalmente fiel. Tranquilizando con ese mensaje, José celebró sus bodas. La leyenda cuenta que doce jóvenes pretendían casarse con María, y que cada uno llevaba en su mano un bastón de madera muy seca. Y que en el momento en que María debía escoger entre los 12, he aquí que el bastón que José llevaba milagrosamente floreció. Por eso pintan a este santo con un bastón florecido en su mano.

En su segundo sueño en Belén, un ángel le comunicó que Herodes buscaba al Niño Jesús para matarlo, y que debía salir huyendo a Egipto. José se levantó a medianoche y con María y el Niño se fue hacia Egipto.

En su tercer sueño en Egipto, el ángel le comunicó que ya había muerto Herodes y que podían volver a Israel. Entonces José, su esposa y el Niño volvieron a Nazaret.

La Iglesia Católica venera mucho los cinco grandes dolores o penas que tuvo este santo, pero a cada dolor o sufrimiento le corresponde una inmensa alegría que Nuestro Señor le envió.

El primer dolor: Ver nacer al Niño Jesús en una pobrísima cueva en Belén, y no lograr conseguir ni siquiera una casita pobre para el nacimiento. A este dolor correspondió la alegría de ver y oír a los ángeles pastores llegar a adorar al Divino Niño, y luego recibir la visita de los Magos de oriente con oro, incienso y mirra.

El segundo dolor: El día de la Presentación del Niño en el Templo, al oír al profeta Simeón anunciar que Jesús sería causa de división y que muchos irían en su contra y que por esa causa, un puñal de dolor atravesaría el corazón de María. A este sufrimiento correspondió la alegría de oír al profeta anunciar que Jesús sería la luz que iluminaría a todas las naciones, y la gloria del pueblo de Israel.

El tercer dolor: La huida a Egipto. Tener que huir por entre esos desiertos a 40 grados de temperatura, y sin sombras ni agua, y con el Niño recién nacido. A este sufrimiento le correspondió la alegría de ser muy bien recibido por sus paisanos en Egipto y el gozo de ver crecer tan santo y hermoso al Divino Niño.

El cuarto dolor: La pérdida del Niño Jesús en el Templo y la angustia de estar buscándolo por tres días. A este sufrimiento le siguió la alegría de encontrarlo sano y salvo y de tenerlo en sus casa hasta los 30 años y verlo crecer en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

El quinto dolor: La separación de Jesús y de María al llegarle la hora de morir. Pero a este sufrimiento le siguió la alegría, la paz y el consuelo de morir acompañado de los dos seres más santos de la tierra. Por eso invocamos a San José como Patrono de la Buena Muerte, porque tuvo la muerte más dichosa que un ser humano pueda desear: acompañado y consolado por Jesús y María.



San José, el santo del Silencio.
Es un caso excepcional en la Biblia: un santo al que no se le escucha ni una sola palabra. No es que haya sido uno de esos seres que no hablaban nada, pero seguramente fue un hombre que cumplió aquel mandato del profeta antiguo: "Sean pocas tus palabras". Quizás Dios ha permitido que de tan grande amigo del Señor no se conserve ni una sola palabra, para enseñarnos a amar también nosotros en silencio. "San José, Patrono de la Vida interior, enséñanos a orar, a sufrir y a callar".


Un dato curioso: Desde que el Papa Pío Nono declaró en 1870 a San José como Patrono Universal de la Iglesia, todos los Pontífices que ha tenido la Iglesia Católica desde esa fecha, han sido santos. Buen regalo de San José.

Santa Teresa repetía: "Parece que Jesucristo quiere demostrar que así como San José lo trató tan sumamente bien a El en esta tierra, El le concede ahora en el cielo todo lo que le pida para nosotros. Pido a todos que hagan la prueba y se darán cuenta de cuán ventajoso es ser devotos de este santo Patriarca".

"Yo no conozco persona que le haya rezado con fe y perseverancia a San José, y que no se haya vuelto más virtuosa y más progresista en santidad".



jueves, 11 de marzo de 2010

Congreso teológico.




“Fidelidad de Cristo, fidelidad del Sacerdote”


El Congreso Teológico "Fidelidad de Cristo, fidelidad del Sacerdote" será realizado en el Aula Magna de la Pontificia Universidad Lateranense, los días 11 y 12 de marzo y será clausurado por el Santo Padre Bendicto XVI en la audiencia que concederá el 12 de marzo a medio día.

Organizado por la Congregación para el Clero, en el ámbito del Año Sacerdotal, este importante evento eclesial promete ser de relevancia histórica, no solo por la importancia de los temas que serán abordados, sino también, por la presencia de destacadas figuras de la Curia Romana. Su Eminencia el Card. Claudio Hummes, Prefecto de la Congregación para el Clero abrirá y encerrará los trabajos del Congreso.

Presidirán las sesiones el Card. Zenon Grocholewski, Prefecto de la Congregación para la Educación Católica, el Card. William J. Levada, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Card. Franc Rodé, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica.

El Congreso constará de tres sesiones, las dos primeras a respecto de la identitad sacerdotal, espiritualidad y la relación de la Iglesia con la cultura contemporanea. La tercera abordará los temas: liturgia y celibato.

Este Congreso Teológico está principalmente destinado a los Obispos Diocesanos y Supremos Moderadores de los Institutos Religiosos. También pueden participar de él los sacerdotes que así lo deseen.


Todos los trabajos del Congreso serán transmitidos por internet, de forma continua (Streaming), con la colaboración técnica de los Heraldos del Evangelio, TV Arautos y de la Agencia de Noticias Gaudium Press, a través de los sites: www.annussacerdotalis.org/ y www.convegnoteologico.org